Pedaleando entre las localidades de San Pedro de Atacama y Toconao, el único sonido que podía escuchar era mi corazón latiendo muy fuerte debido a la altura, el calor y que no hay nada en los alrededores desérticos.
Cada cierto rato pasaba una camioneta o algún camión, el resto del tiempo, era yo y mi cuerpo sonando en silencio por el medio de la Ruta 23 que une ambos pueblos.
Salir a la naturaleza tiene la mágica virtud de provocarnos el encuentro con nosotros mismos.
Al estar alejados del común bullicio de la monótona ciudad, nos vemos y encontramos reflejados en el entorno.
Si doy un paso en la tierra, esta suena y además puedo escuchar el paso.
Si pasa un insecto volando cerca, puedo escuchar su zumbido.
Si sopla el viento, podré escuchar el sonido de los árboles al mecerse.
Si no hay árboles como en el desierto de Atacama, escucharé el sonido del viento golpeando mis orejas.
Seré capaz de escuchar mi respiración.
Podré sentir el cambio de los distintos olores a mi alrededor.
Una de las cosas por las que me gusta tanto viajar en bicicleta, es que puedes ir experimentando las temperaturas y los olores.
Al estar en silencio junto al entorno, y no en silencio aislado (ese silencio artificial que intentamos subiendo el volumen de los audífonos o de la radio del auto), al estar en el silencio de la naturaleza, logramos conectarnos con eso que fuimos durante mucho tiempo, ser parte de eso donde habitábamos.
Donde comienza el silencio, es donde somos lo que realmente somos.
Cada cierto rato pasaba una camioneta o algún camión, el resto del tiempo, era yo y mi cuerpo sonando en silencio por el medio de la Ruta 23 que une ambos pueblos.
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| La bici apoyada en el letrero de la Ruta 23 entre San Pedro de Atacama y Toconao. |
Salir a la naturaleza tiene la mágica virtud de provocarnos el encuentro con nosotros mismos.
Al estar alejados del común bullicio de la monótona ciudad, nos vemos y encontramos reflejados en el entorno.
Si doy un paso en la tierra, esta suena y además puedo escuchar el paso.
Si pasa un insecto volando cerca, puedo escuchar su zumbido.
Si sopla el viento, podré escuchar el sonido de los árboles al mecerse.
Si no hay árboles como en el desierto de Atacama, escucharé el sonido del viento golpeando mis orejas.
Seré capaz de escuchar mi respiración.
Podré sentir el cambio de los distintos olores a mi alrededor.
Una de las cosas por las que me gusta tanto viajar en bicicleta, es que puedes ir experimentando las temperaturas y los olores.
Al estar en silencio junto al entorno, y no en silencio aislado (ese silencio artificial que intentamos subiendo el volumen de los audífonos o de la radio del auto), al estar en el silencio de la naturaleza, logramos conectarnos con eso que fuimos durante mucho tiempo, ser parte de eso donde habitábamos.
Donde comienza el silencio, es donde somos lo que realmente somos.

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